Silencio… vacío… alivio y nostalgia. Los sonidos y sentimientos que me acompañan.
Hoy mis 2 hijos pequeños asistieron al colegio después de 7 largos meses. Marcel regresó oficialmente tiempo completo a la oficina y Sebastián continúa sus clases virtuales en el rincón de estudio de su habitación. Mamá está sola por primera vez en lo que se sintió como “toda una vida”. Hoy escribo después de 8 exactos meses.
Brincando en un pie no estoy, llorando a mares tampoco. Mi cuerpo se siente agotado y mi mente y espíritu tienen que restablecerse. Ha sido una labor titánica la que las familias hemos tenido que afrontar con esta pandemia del coronavirus. En general en la vida no hay pasos escritos para saber qué viene y cómo vivirlo, pero una rutina habitual nos permite tener un grado alto de certidumbre que nos da paz. Esa rutina se interrumpió forzosamente y, la nueva realidad dio un giro gigantesco a cada ser humano en el mundo, sumando a lo que ya venía cada quien cargando, una dosis de miedo densa e intensa. Pánico por la realidad tan cruda que muchos han tenido que vivir, o por la cual tristísimamente morir; y pánico por la duda y el constante agobio de preguntarnos si nosotros -o algún ser querido- podríamos ser el siguiente. Cuando nuestras almas se sienten agitadas por los problemas de la vida, es una respuesta natural el buscar la calma y el amor: el abrazo de un ser querido, el calor humano tan refrescante de una amena reunión familiar, una re-energizante escapadita de ocio, un “da la paz a tu hermano” en tu dominical comunidad. Un recibir a Cristo en su permanente humanidad: la Eucaristía. Pero cuando más nos hizo falta, el coronavirus más nos los apartó.
La pandemia no se ha acabado, pero hemos tenido que reinventarnos para continuar viviendo este “nuevo normal”. El miedo a la muerte continúa, pero el amor y la necesidad por la vida es más fuerte. Nada más maravilloso que una cuarentena de amor y tiempo con tu núcleo familiar, pero para seguir dándose, es necesario recargar. Nuestro yo espiritual tiene sed de una oración contemplativa, de un silencio edificador; pero nuestra mente y espíritu, nuestro yo humano necesita interactuar, saludar, abrazar, ser parte de una sociedad en movimiento.
Elevo una oración por quienes se han ido, por quienes sufren el dolor asfixiante de su pérdida, por quienes se han desgastado, por quienes han entregado hasta lo que no tenían por los demás; por los líderes de nuestra comunidad, por quienes han tenido que cerrar sus negocios y perder sus empleos; por quienes no han podido estar y por los que siguen estando en la lucha; por los niños que sin entender se han adaptado, por los padres que aún entendiendo no han sabido cómo, pero todos, TODOS, hemos hecho lo que podemos con lo que se nos dio y se nos quitó. Acá estamos.
HOY empezó mi “nuevo normal” y trato de hacer un ejercicio de recordar en pocos segundos lo que hemos vivido en tantos meses, y hasta me parece película y nada real.
Dejamos Nicaragua tras haber empezado a vivir un tormentoso período de estallido socio-político, en el que nos tocó acostumbrarnos a dormir con un ojo abierto y a vivir con “el Jesús en la boca” pensando que en cualquier momento la bala de un títere paramilitar podría acabar con la vida de otro hermano; a ver pasar las muertes y amenazas como caravana de noticias las 24 horas del día; a sentir el dolor de toda una Patria como opresión en el pecho al punto de afirmar “me duele respirar”.
La vida en otro país te devuelve algo de paz y te presenta nuevos y más alentadores retos, mientras ese “Jesús en la boca” nunca se te va. Nuestra vida acá no se compara en ningún aspecto con los miedos y el dolor de tu nación, pero te toca recordar que estás donde estás por una razón y que cuando tienes hijos toca poner mejor cara y “echarla toda” con amor. Y es con y por amor que todos hemos sobrevivido y seguimos luchando para que tanto dolor llegue a su final. Sumando la seguida pandemia, nuestras vidas y naciones parecen vivir un síntoma del fin del mundo, parece película tanta noticia, tanta realidad; pero eso no es todo lo que hay.
El coronavirus ha sido una crisis mundial de salud, económica, política y social, pero a la vez ha generado una vacuna de amor en lo más sagrado que hay: la familia.
Mientras cada día más nos volvemos parte de un sistema mecánico y tecnológico de la nueva sociedad, y colocamos al centro de nuestras conversaciones la infinidad de problemas del mundo queriendo cambiar y disponer sobre las “evidentes” soluciones a las crisis que aquejan a la humanidad; Dios sabiamente y en medio de su inmensurable dolor por el sufrimiento de sus hijos, torna una pandemia de muerte en un retiro de amor.
“Dime lo que te afirmas y te diré en qué piensas. Dime qué piensas y te diré cómo te sientes.”
Sé que la lucha por la vida aún continúa, y que muchas vidas más se perderán. Las mascarillas las usaremos para taparnos nariz y boca, pero los ojos de la conciencia y el corazón han visto mucho para no hablar. Es tiempo de hacer un alto y reflexionar, de ver más allá de la nube negra, de dar gracias y continuar.
HOY, en medio de mi primer oficial momento de silencio y soledad, decido afirmarme que soy bendecida, que ESTOY VIVA y que, si bien mis largos y extenuantes días pasaron su cuenta en mí, Dios hizo MÁS.
Dios me ayudó a:
- Reorganizar mis prioridades.
Un año no es mucho para hacer vida en un nuevo país y más si también estás emprendiendo. Por más que nos organizamos rápido mi “chip” de mamá, esposa, hija, hermana, nicaragüense y profesional estaba en millones de revoluciones. También, en gran medida por no querer escuchar la voz del corazón y aceptar el duelo del cambio. Pensaba en mis padres, mis hermanos, nuestra familia, las noticias de mi país, los cambios radicales para tanta gente querida, las nuevas y viejas responsabilidades; hacer funcionar nuestra “rutina” buscando la felicidad de todos en el hogar. En lo que pensamos que ya la llevábamos, empezo el covid y las 24 hrs del día eran las mismas pero con un triple de actividad. Realmente TODO es importante, pero una crisis te obliga a dejar lo importante en un lugar especial para cuando lo puedas atender y aferrarte a lo prioritario, lo que realmente importa en tu presente, lo que realmente puedes hacer. Hay tiempo para todo si tenemos vida, pero cuidar de nuestras vidas literalmente era ahora una prioridad. Los que intentamos en un inicio priorizar la vida laboral sobre nuestros hijos, nos dimos cuenta rápido que no fue sino hasta que priorizamos sus necesidades, todo podía fluir mejor en el transcurso del día. Y así es siempre, las prioridades son las de nuestra vida personal. Mi esposo, mis hijos son mi prioridad. El coronavirus nos ha dejado claro que si no tenemos vida y si no estamos “preparados” de nada sirve tanta vuelta, tanto compromiso, tanto mandado, tantas tareas y responsabilidad! Sin nuestra familia, absolutamente nada tiene sentido.
A veces nos cuesta priorizar porque nos da miedo quitar importancia a muchas otras cosas o personas que también lo son en nuestro corazón, pero no eres egoísta por enfocarte en eso “menos” que es tu “más”. Si tienes vida, Dios te dará en Su momento, el espacio y la oportunidad de hacer de todo eso una prioridad. Entreguemos lo que tenemos un día a la vez, pero si la cercana muerte te recuerda que hay una posibilidad que éstos sean tus últimos días, ¿a qué y con quién te quieres aferrar?
- Aterrizar mis inalcanzables expectativas.
Todos somos distintos, pero yo tengo una contradicción virtud-defecto: soy súper perfeccionista. Pueden ser temas banales, pero para mí la organización de mi hogar, de la comida, del horario de mis hijos, del espacio de trabajo y concentración de mi marido; de mi agenda de actividades dentro y fuera del hogar, de asegurar incluir nuestros valores de fe, salud y familia en cada cosa, de atender a cada hijo con sus necesidades de vida, etc. etc. etc… yo sólo lo puedo garantizar si lo logro organizar. Soy mamá y sé que las mamás que me leen me entienden ;). Pero para lograr hacer lo mejor que puedo con lo que me toca, necesito espacio, necesito tiempo y necesito que la vida de todos fluya para que yo pueda hacer mi parte y viceversa. El covid me obligó a tenernos a los 5 en una casa con 3 escuelas, un trabajo de 2 (yo empezando trabajo nuevo), 3 tiempos de comida y 800 tiempos de snack!; 2 infantes y los quehaceres del hogar.
No sólo perdimos todos la rutina, sino que hasta el calendario. ¡Todos los días eran lunes! Y para bajar el caos y traer algo de calma nos tuvimos que reinventar. No importa una casa limpia, tu casa es tu escenario para ser feliz; no importan 3-4 variedad de alimentos en tu comida, cuando los 2 que tenés llenarán a tu cuerpo de salud y vitalidad; no importan los cambios de ropa ni el glamour (sí, mis hijos y yo vivimos en pijama de baño a baño -el tiempo de lavandería se redujo a la mitad-, cuando tu vestimenta es tu aliada para servir a los demás; no importa una escuelita con contenido académicamente correcto, cuando lo que más aprenden tus hijos es que los amas y son merecedores de tu tiempo a través de tan sólo jugar; no importan grandes innovaciones en un trabajo cuando te aseguras de cumplir como pulpo lo mejor que puedes para que lo que sí se puede hacer se haga bien; no importan las exigencias si esas no vienen de Dios y te apartan de disfrutar lo más importante.
- Entregar en grande a través de lo más pequeño.
En la mayoría de los casos, o por evidentes experiencias de nuestra vida, las remuneraciones de mayor impacto son las que resultan de esfuerzos o logros más extraordinarios. Una culminación de un proyecto laboral, un premio o certificación, o incluso el afecto de quienes más esperamos nos lo muestren tras talvez una gran sorpresa de amor. Sentimos que hemos dado grande cuando se nos ha respondido en grande. Así medimos muchas veces lo que hacemos o peor aún, quiénes somos y lo que valemos. Cuando lo que realmente nos define es lo que cultivamos por dentro y lo que expresamos en cada detalle de nuestras obras ordinarias. Como el covid me agarró evidentemente desprevenida, invertí varios días de desvelos organizando mi calendario de comida y actividades educativas infantiles alias “lo que sea para mantenerlos entretenidos y evitar berrinches, pleitos y desastres”, pero también evidentemente, me agoté. No es fácil ser madre en los EEUU sin nada de ayuda y menos en covid donde ni un ratito de compañía social nos desahoga las energías y los estreses.
Después de un tiempo, entendí que era YO no LO TANTO QUE HACÍA lo que valía, mis hijos dejaron de hacer tantas actividades creativas y organizadas, pero mantuvimos horarios y jugamos diario con la tierra del jardín y aprendimos a amar más la naturaleza con nuestras caminatas diarias de paz. Ahh, nuestra madre naturaleza, debería darle un enunciado especial. Nos encerraron, pero salimos al parque, al bosque, a andar en bici, a leer, a respirar! Y ahí estaba ella, abrazándonos en sus espacios, con sus recursos, sin reprocharnos sólo acogiéndonos con el mensaje evidente que todo lo que necesitamos, Dios ya lo creó. Regresamos a lo básico, a lo tangible y natural. No hubo excesiva variedad, pero ha habido calidad y los mayores regalos no han sido los que hemos comprado, sino lo que nos hemos creado.
- Desarrollar virtudes. (paciencia, disciplina, orden, humildad, resiliencia, hacer más con menos.)
Y esto ni explicar. En el proceso de respirar profundo ante tanta demanda de familia, trabajo y hogar, sólamente ante la amenaza de perderlos es cuando puedes poner a prueba y fortalecer tus valores. Darnos amor y alegría, practicar la importante disciplina, aprender a pedir favores y pedir perdón, ajustarse a cambios confiando en quién sos más que en qué debes hacer, reutilizar los recursos que tienes sin querer llenarte de innecesariamente más. Estos meses, es cuando más han crecido mis hijos, más aptitudes y habilidades prácticas han aprendido, menos hemos utilizado y con mucha innovación hemos reciclado para hacer de cada elemento del hogar un recurso de amor y felicidad.
- Poner en práctica mis talentos al servicio de mi familia.
Siempre habita en mí una llama bien fuerte de la Maru profesional y reconozco que añoro y anhelo el poder seguir aprendiendo y entregando de esa forma; pero Dios se he encargado en comunicarme y recalcarme que los talentos que me ha dado son principalmente para mi desarrollo personal y crecimiento espiritual sea el escenario que sea; y, en estos últimos años, mi vida ha sido dedicarme a gestar, crear y formar la bendecida familia que Dios me ha dado y que con tanta insistencia y fe le pedí. Ahora la tengo y mi hogar y mi familia y yo acá son mi mayor y mejor “proyecto” de vida. En estos tiempos más que nunca he puesto en práctica mi multidisciplinariedad y resiliencia. Aquí donde estoy y como estoy, voy a trabajar. (Hasta en teacher oficial me convertí y sin duda lo extrañaré! :))
- Hacer de mi Matrimonio un equipo.
Ante las tempestades de la vida es que se pone en práctica ese Sí ante el altar. Siempre he afirmado que, aunque no he sido feliz en muchas ocasiones de dolor, mis experiencias son lecciones grandes al convertir los dolores en una ofrenda de Cruz y al cargarla con mi marido. Sigo aprendiendo a compartir lo que cargo, pero esta situación nos puso en una situación que se ha convertido en una diaria lección de aprender a “echarle el hombro” al otro para que cada quien pueda ser y así hacer y, por ende, ser todos felices. Este año ha sido la cuarentena y cada vez hay un tema nuevo, pero juntos, en equipo, todo se puede manejar.
Si la crisis te ha tomado en otra crisis personal, aprovecha la forzosa situacion e invierte en sanar tus relaciones. Dios no se equivoca al “encuarentenarte”. No dejes pasar la oportunidad para callar lo que hace ruido en tu relación y sólo hablar y trabajar en su reconstrucción, empezando por lo básico y fundamental.
- Aprender nuevas formas de orar y amar.
Hemos aprendido, aún en medio de tanta ocupación, a ver, escuchar y sentir el dolor de los demás. Hemos aprendido a orar por las necesidades de esos que no conocemos, no sólo por quienes nos importan. Hemos aprendido a darnos sin ni siquiera poder llegar. Hemos aprendido a usar esa tecnología que muchas veces nos ahoga, en una mayor fuente de vida espiritual. Jesús está en esa persona que sufre, la que no vemos pero te informan que existe y la que sí vemos y a veces ignoramos. Volvamos nuestra mirada a ese Jesús.
¡Que duro dejar de comulgar! Que necesaria prueba para tener verdadera sed y hambre de Cristo. Los pecados que consentimos nos alejan de Dios por un buen tiempo, pero sabemos es opcional. El que se te impida buscar a Cristo en la Sagrada Eucaristía cuando lo necesitas TANTO, sólo nos recuerda que sin Dios no somos nada. Hemos visto la misa en TV, hemos rezado más Rosarios virtuales en 7 meses que en toda una vida!, hemos puesto el catecismo en nuestra agenda porque “Donde 2 o 3 se reúnen en mi nombre, ahí estaré yo con ustedes.”
- Acortar distancias con amor.
Y en la agenda, empezamos a anotar “Zoom con”. Hemos dado espacio en nuestra agenda a las llamadas que nos permiten tirar besos, mandar abrazos, causar sonrisas, sanar nostalgias y alimentar corazones. Nos ha tocado vivir con lágrimas eventos importantes de las personas que amamos a través de una pantalla. Podremos no estar juntos, pero siempre estamos unidos. Y ya sabemos que, con o sin covid, siempre hay tiempo, siempre hay formas de dejar saber a quienes queremos cuánto les queremos; siempre hay formas de sentirnos acompañados aún en la física soledad.
- Apagar el ruido que intoxica.
El celular se vuelve en medio de una crisis y la distancia, el recurso y medio más ágil y necesario para estar informados y en comunicación. En exceso, se vuelve rápidamente en la mayor fuente de contaminación mental, física y espiritual. Aprendí a dar prioridad a dar gracias a Dios por mi vida al despertar y, seguido revisar el celular sólo para ver como mis seres queridos están, pero decidí dejarlo toda la mañana hasta después del almuerzo para poder entregarme a mis hijos en su totalidad. Dediqué las tardes a trabajar. Es de vital importancia el no hacernos de oídos sordos ante las necesidades de nuestra sociedad, y es verdad que cada día continúan las aberrantes situaciones a lo largo del mundo. La verdad es que siempre han estado porque el demonio ha tenido un lugar que le hemos voluntariamente dado. La diferencia es que ahora hay redes sociales que no sólo lo comunican en segundo, sino que lo multiplican por la energía y la forma en que la mayoría de las veces se transmite por su rentabilidad.
Siempre ha habido amor, siempre ha habido bondad, siempre hay una mano que se extiende a otra que lo necesita, siempre hay alguien dando de comer y beber, alguien vistiendo, alguien visitando, alguien trabajando por otros, cocinando por otros, entreteniendo por otros, limpiando por otros y lo de otros; siempre hay seres humanos que se despiertan todos los días y cargan lo que les duele para seguir viviendo y dándose a los demás. SIEMPRE EXISTE DIOS. Y el mundo mejorará y sanará con la vacuna de nuestro amor.
Lo que me lleva al último y mayor aprendizaje de todos y no lo digo yo, lo dijo una gran Santa:
¿Qué te ha enseñado Dios con esta pandemia?
Si crees que a pesar de tanto dolor ante esta pandemia, hay algo de amor en tus lecciones de vida, te invito a compartir mi escrito y reflexionar sobre tus propios aprendizajes en tu post.
Gracias por leerme. Dios te bendiga. 🙏🏼





Graciad Maru, un eco de lo que todas vivimos. Siendo corazon de la familia y Dios alma de nuestra alma.
Abrazar?
Quiero abrazar.
Quiero tener cerca de mi a todos y cada uno de ustedes. Quiero sentir esa trascendencia del amor que corre en las venas por esas dos personas que un día se unieron en Santo Matrimonio ante el altar Sagrado de Dios. Mamá y papá. Simplemente los amo y mi amor entra en el mismetio se tan lejos pero tan cerca aquí en mi corazón.